Jun 08

Durante los últimos veinte años, la política norteamericana ha estado marcada por dos nombres propios: Bush y Clinton. Y hasta hacer muy poco parecía que este dominio se iba a extender durante más de un cuarto de siglo, pasando el poder de padres a hijos y de maridos a mujeres.

Pero Hillary Rodham Clinton, que ha nadado durante ocho años en las turbias aguas de la política estadounidense, ha ido a morir a la orilla. Hace un año, incluso menos, Clinton no era una más entre la multitud de candidatos que comenzaron la lucha por la nominación del Partido Demócrata para competir por la Casa Blanca. Ella era “lo inevitable”, y más antes que después, con muy poco esfuerzo, tanto ella misma como casi todos los americanos tenían por seguro que conseguria la nominación.

En enero de 2001, cuando Bush era nombrado 43º presidente de la Unión, ocurria otro hecho no menos importante de cara al futuro. Clinton tomaba posesión como senadora por el estado de Nueva York, habiendo ganado por una aplastante mayoría. Su ambición por ser la primera mujer presidenta se plasmó por primera vez por aquel entonces, aunque ya antes de que su marido abandonara el cargo había dado muestras de anhelar este objetivo, por ejemplo, evitando su divorcio de Bill, que había estado a punto de recibir un Impeachment por sus supuestas infidelidades.

Clinton supo esperar; sabía que en 2004, habiendo empezado una guerra y con los neoconservadores en pleno apogeo, los democrátas lo tenían casi imposible. Así que fue el veterano senador por Massachusets John Kerry el encargado de hacer el trabajo sucio en aquella ocasión. Sin embargo, en la Convención Demócrata de 2004 en Boston, ocurrió algo que también marcaría el devenir de los acontecimientos: un joven desconocido de raza negra, Barack Obama, subió al atril de oradores y encandiló a todos los presentes. Ya entonces hubo voces que lo añadieron a una futura lista de “presidenciables”, aunque casi nadie pensó que serían tan pronto. Por entonces ni siquiera era senador; obtuvo su escaño por Illinois después de que sus rivales, tanto en el bando demócrata como en el republicano, se retirasen por sendos escándalos de faldas. Si bien es cierto que Obama al final ganó su puesto como senador por una amplia mayoría.

Obama dio la sorpresa y anunció su carrera como precandidato demócrata a principios de 2007. Pese a los elogios que había recibido, se le veía como un candidato “exótico”, que quizá podría aguantar unas cuantas primarias, pero que sería barrido rápidamente por Clinton, habiendo adquirido experiencia para futuras elecciones. Pero la broma se acabó hace seis meses en los caucus de Iowa, y el asunto se volvió realmente serio cuando, después del supermartes, Obama seguía en liza y pisándole los talones a Clinton, que daba por hecho que por entonces se habría deshecho de cualquier rival y no había trazado una estrategia para después. Así que Clinton tuvo que improvisar, endeudándose hasta las cejas para proseguir con su campaña, y Obama la atacó en su punto más debil: los estados más pequeños y conservadores, en los cuales los demócratas hace lustros que tiraron la toalla para centrarse en sus feudos, como Nueva York, California, Massachusets, Nueva Jersey, etc.

Obama obtuvo sonadas victorias en los estados pequeños y no lo hizo nada mal en los grandes, pese a que los tradicionales estados “azules” fueron a parar a manos de Clinton. Esto, añadido a que a medida que avanzaba la campaña iba siendo un personaje más conocido, le acabó poniendo por delante de Clinton. Otro punto fuerte de la campaña de Obama fue canalizar los deseos de “cambio” del electorado. Clinton se presentaba como la candidata fuerte y con experiencia, pero Obama era “lo nuevo” y eso es lo que quería escuchar el país, y no más de lo mismo. Éstas son las razones principales por las que Clinton perdió la carrera, y por las que ayer mismo tuvo que retirarse y apoyar a Obama. Un gesto que honra enormemente a la ex Primera Dama, ya que tirar a la basura los últimos ocho años por el bien de su partido ha tenido que ser una de las decisiones más duras de su vida. En otros sitios (léase España) el rencor y las puñaladas por la espalda hubieran durado hasta el día de las elecciones.

Y todo esto ocurre justo cuarenta años después del asesinato de Robert Fitzgerald Kennedy, que en junio de 1968 acababa de conseguir su virtual nominación después de ganar las primarias de California, y que fue abatido a tiros igual que su hermano JFK. Aunque Obama sea el sucesor temporal de los Clinton, en realidad es de los Kennedy de los que hereda el idealismo y su forma de ver la política. De hecho, el último superviviente de la familia, Ted Kennedy, senador desde 1962, ha sido uno de los personajes más influyentes que ha dado su apoyo a Obama.

Una de las primeras decisiones de Obama ha sido no aceptar donaciones de los lobbies; aunque éstos se dedican sobre todo a obtener los favores de congresistas y senadores, y tienen menos influencia en las presidenciales, es un gesto que denota que Obama no quiere hipotecarse. Claro, que con la máquina de hacer dinero que tiene gracias a las pequeñas pero numerosas donaciones de bases demócratas, tampoco lo necesita.

El siguiente paso es encontrar un candidato a vicepresidente adecuado, que le permita obtener los votos que fueron a manos de Clinton. Y después veremos si es capaz de resistir la maquinaria de sacar trapos sucios que ya están engrasando los republicanos, y esperemos que en noviembre pueda batir a McCain, ya que es la única esperanza de que las cosas cambien en Washington y en el resto del mundo. La única esperanza de enderezar el desastre económico, social y geoestratégico en el que la Administración de Bush ha dejado a EEUU y al resto del mundo. Por nuestro bien, más vale que no quede todo en papel mojado.