Kimi Raikkönen: un piloto distinto a los demás Apple compra una empresa de procesadores
Abr 23

–No creo que sea necesario –dijo Kauffmann–. Recuerda lo que pasó la última vez.
–¿Y qué quieres que hagamos? ¿Esperar aquí hasta que se acaben las baterías?
               El Comandante Lock era demasiado impetuoso, aunque antes de tomar cualquier decisión medía bien todas las posibilidades. Realmente no tenían materiales suficientes para una reparación de garantías.
–Kauffmann, si seguimos en estas condiciones acabaremos perdiendo todas las reservas de energía, y ya sabes lo que eso supone.
–A mi tampoco me apetece pasarme la eternidad vagando por el espacio, pero en las dos veces que lo hicimos las consecuencias fueron fatales.
–Yo no me preocuparía tanto por las consecuencias –dijo Lock mientras hacía un gesto despectivo–. Te recuerdo que si estamos en esta situación es por culpa de ese maldito planeta. Su basura espacial se ha estampado contra nuestros capturadotes de energía, ¿o ya no te acuerdas?
               Kauffmanm se deslizó hacia el cuadro de visión, encendió el sistema e introdujo sus coordenadas preferidas. Tenía esa manía, cuando algo no iba bien pasaba el tiempo junto a ese cuadro mirando el pequeño punto resplandeciente. Habían pasado muchos años desde que partieron de aquel destello lejano que el llamaba hogar.
               Mientras, Lock aprovechó para realizar los últimos ajustes. Al fin y al cabo él era el Comandante y quien tenía que tomar la decisión.

               Una hora después los dos se encontraban a los mandos de la nave. Kauffmann había aceptado a regañadientes la orden de su compañero, mientras suspiraba porque esta vez fuera distinto a las dos anteriores.
–Controla bien la velocidad –dijo Lock algo nervioso–. Tenemos la energía justa para llegar, y ya estamos muy cerca de entrar en la atmósfera de su planeta.
–Tengo la sensación de que algo va mal. –Solía tener este tipo de corazonadas, y la mayoría de veces solía acertar.
–Deja de preocuparte por lo que les pueda pasar, Kauffmann, y haz bien tu trabajo –gritó el Comandante.
–No es eso Lock, no es eso –dijo mientras recordaba cómo las otras veces su nave se había convertido en una bola de fuego al entrar en esa atmósfera tóxica para ellos, hasta parar bruscamente contra el suelo.
               Habían permanecido en aquella posición, dando vueltas al planeta, desde la última incursión. La nave recogía y enviaba datos a la base sobre esa forma de vida tan parecida a la suya, sin que ellos entendieran nada de aquellos unos y ceros. Su trabajo consistía en mantener la nave en su posición. Pero el accidente de esa mañana les obligaba a bajar a la superficie.
               Se acercaban al planeta a toda velocidad. Sería la tercera vez que descendían para recoger la materia necesaria para reparar los capturadotes de energía. Lock parecía estar totalmente concentrado en pilotar la vieja y averiada nave, mientras que Kauffmann cada vez se sentía peor y era ya un manojo de nervios.
–Cinco segundos para entrar en la atmósfera –dijo el comandante–. Cuatro. Tres. Dos. Uno…
               Justo en el momento en que Lock se disponía a decir cero, la nave chocó contra algo que no habían visto y, como una canica que golpea contra la pared, comenzó a alejarse del planeta.

               Durante varios segundos los dos compañeros permanecieron en silencio, paralizados. Aquella nueva especie había creado una cúpula gigante, una barrera transparente que aislaba completamente su planeta del resto del espacio, y los protegía de una nueva incursión.
               Fue Lock el primero en hablar:
–Ya no tendrás que preocuparte por las consecuencias –dijo con un hilo de voz mientras permanecía con la mirada clavada en aquel planeta del que se alejaban sin energía ya para hacer otra cosa que vagar por el espacio a velocidad constante hasta el fin de sus días.
–Hoy no pararemos contra el suelo –siguió el capitán– eliminando a aquella especie de gigantescos lagartos, como en la primera vez. Ni exterminaremos a esos animales tan inteligentes con sus dos patas y sus pulgares abatibles con nuestro violento aterrizaje, como en la segunda. Kauffmann, esta nueva especie ha vuelto a dominar su planeta, pero son mucho más inteligentes y han aprendido a protegerlo de su mayor amenaza, nosotros dos.
               Kauffmann seguía paralizado, con la mirada congelada en aquel planeta azul que cada vez se hacía más pequeño. Al fin y al cabo, ellos también se habían convertido en basura espacial, y ya nunca volverían a casa, a su querido Plutón.

2 Respuestas de “Basura espacial”

  1. TYRELL Dice:

    DE DONDE HABIES SACADO ESTE TEXTO???? FREAKS ¡¡¡¡¡¡¡¡¡

  2. roland Dice:

    Leer a Isaac Asimov te va a perjudicar…

Deja un comentario...